Mi padre y el vino

Nunca he conversado con mi padre qué opina él de que escriba sobre gastronomía y vinos. Siempre está pendiente de leer los textos pero nunca comenta nada, por lo menos nada específico. Sin embargo, me gusta imaginar, que lo que pasa por su mente es lo que cuenta Raymond Carver en su ensayo La vida de mi padre: que escriba sobre cosas que sepa, que escriba sobre los recorridos que hacíamos.

Porque a diferencia de mi madre, a quien recuerdo con alguna cerveza, un vino o un cóctel con vodka, ginebra o ron, a mi padre no lo asocio con este placer sino con excursiones gastronómicas que desde niño compartíamos y, con el paso del tiempo, me he dado cuenta que han sido fundamentales para el entrenamiento de mi paladar.

No hay manera de que cuando detecto en un riesling o incluso en un sauvignon blanc una nota de guanábana, no me vea con mi padre en El Paraíso, un sábado en la tarde, comprando unos jugos (más bien merengadas porque tenían algo de leche) de esta fruta. Cuando siento un vino muy untuoso me remonto a unos viajes a La Encrucijada donde había un kiosco que vendía agua de linaza con la que siempre asocio esa sensación.

Los aromas a pan fresco de algunos chardonnay y champagne me hacen pensar en las almojábanas de la panadería El Torbes en la avenida Baralt que mi padre y yo íbamos a buscar cada vez que podíamos a eso de las 11 de la mañana. Y cuando hay un blanco con notas agresivas a mango es como volver a San Casimiro, donde en una finca de un señor de apellido Capote, mi padre nos llevaba para comprar mangos todos los fines de semana de temporada. Y en el porto todavía siento la intensidad de un strudel de uva que hacía un austríaco por San Diego de

Los Altos y papá nos llevaba por el dulce, unas empanadas de guiso de gallina y a comprar huevos de pato.  La lista podría continuar pero no lo hago por dos razones: una, la extensión propia del texto; otra es que mi padre está cansado, el país ha cambiado, y la mayoría de esas experiencias entonces son solo recuerdos, solo nostalgia. 

Igual en lo que pienso ahora es en esto: no creo que exactamente mi padre se imaginara este futuro cada vez que me llevaba del colegio a las clases de inglés o francés, a los seminarios de semiótica cinematográfica o los talleres de escritura. Menos todavía en los tres primeros semestres que me llevó a la Universidad Metropolitana. Pero aquí estamos y creo que él puede estar satisfecho por cada lección ha sido aprendida y yo agradecido porque nunca pude imaginar la utilidad de tan sabrosos paseos durante unos cuantos años de infancia.

Jesús Nieves Montero

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