Arte y vino en 4 comparaciones

Más que una bebida placentera que degustamos, el buen vino puede llegar a ser una obra de arte y por eso compartimos cuatro comparaciones muy personales entre arte y vino para que tu próximo descorche sea inolvidable.

Vino y cine.

Más que a una fotografía, el vino se parece al cine. Un buen Malbec de Mendoza nos permite sorbo a sorbo descubrir el escenario que combina el clima muy seco y las severas brisas frías que descienden de la cordillera de Los Andes en el que creció la vid, nos muestra personajes como el enólogo que lo elaboró y ofrece puntos de inflexión en los que va cambiando: su primera nariz, los matices que cobra al oxigenarse, los detalles florales que suelen tener hasta alcanzar el desenlace placentero de su final medio o largo. Hay pocos finales tan felices como los últimas gotas de un vino delicioso.

Vino y pintura.

Como frente a una pintura también podemos admirar un vino. Si se trata de un clásico muy ceñido a las normas tradicionales como un cabernet chileno de ciruela y pimienta negras y rojo rubí nos sentimos frente a un lienzo realista, con líneas que imitan la realidad a la perfección. Pero al probar un innovador sauvignon blanc chileno de la costa, sentimos que las reglas más rígidas se rompen cuando en lugar de los cítricos y la grama hay una muestra de frutas tropicales de la piña a la lechosa, que nos hace pensar en las abstracciones de Picasso o Miró.

Vino y música.

Un vino puede ser como una sinfonía que en sus primeros momentos anticipa una serie de movimientos que descubriremos con cada copa, como a menudo ocurre con un Rioja reserva o crianza. Pero también puede ser luminoso como un solo de jazz: pensamos en un oporto tawny que no deja de evolucionar y cambiar en copa y provoca nuevos placeres y evocaciones como cuando se escucha a John Coltrane o Miles Davis y es imposible anticipar la próxima nota que aparecerá.

Vino y literatura.

Un buen vino es como una novela, un ambicioso conjunto que es más que la suma de sus partes. Sin duda hay algo narrativo en cada vino, no sólo sobre su origen sino también sobre su evolución en botella, esa historia que se desarrolla con los años y que espera el descorche para mostrarse. Cuando se disfruta, por ejemplo, una botella de champagne, no sólo hay burbujas y placer sino también la resonancia de historias antiguas, desde hace 50 millones de años cuando esa tierra era fondo marino hasta los traumas de la Segunda Guerra Mundial cuando los viticultores y habitantes de la región debieron usar las cavas subterráneas de crianza del rey de los espumosos para protegerse de los bombardeos y esto nos hace entender por qué hay algo especial e inigualable en el champagne como en una novela de Vargas Llosa o Hemingway.

Artículo de Jesús Nieves Montero

Foto de https://www.pexels.comh

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