5 cosas que aprendí del malbec en Argentina

Durante mis viajes a la Argentina, con paradas en San Juan, Mendoza, Patagonia, Cafayate y Buenos Aires aprendí algunas cosas sobre la uva insignia del país que recuerdo con cada descorche y aquí las comparto.

La altura del viñedo importa.

Una cosa es leer la ficha de cata y detectar cierta diferencia en los vinos y otra es pasear entre los viñedos y sentir esa diferencia incluso al caminar. Ni siquiera es cuestión de pensar en Cafayate y sus alturas por encima de los dos mil metros, basta ver las diferencias en Mendoza entre Luján de Cuyo y el Valle de Uco para apreciar que los metros adicionales en Uco dan a los vinos elegancia y complejidad, que la uva responde diferente a esa exposición solar y la fría brisa nocturna.

Es mucho más que una uva de vinos tintos.

Probar los rosados de Malbec o los espumosos blancos (blanc de noir) o tinto con esta uva e incluso las versiones dulces y fortificados muestra una versatilidad que hace que se tengan ganas de descubrir más y más del malbec.

Hay un paraíso de viñas viejas.

Lo que en Europa por plagas como la filoxera es una utopía, en Argentina son tesoros por descubrir. Las vides de más de 50, 60, 70 y 90 años pueden encontrarse con una frecuencia inusitada y ante esos voluminosos troncos que tienen las marcas de historias de vendimias mucho antes de nuestro nacimiento no se puede sino hacer silencio y maravillarse.

Es la uva reina (aunque hay esfuerzos por diversificar).

Nadie en un mundo tan dinámico como el del vino quiere quedarse encasillado y los productores argentinos se esfuerzan por mostrar sus otras variedades. La torrontés en los blancos y entre las tintas la bonarda, la cabernet franc (que hoy por hoy es la base de vinos exquisitos y premiados) y su contrastante versión del cabernet sauvignon, tan diferente del chileno. Pero no hay duda de que la malbec reina porque gusta, porque la gente cuando pide vino argentino tiene la ilusión de la mezcla explosiva de frutas y especias dulces y ese seductor color violeta en la copa.

Hay que prestar atención a las flores.

Puede que uno no tenga demasiado interés en las flores o que simplemente no sea sensible a su perfume pero viajar a Argentina y ver la lavanda y las violetas en las bodegas es un recordatorio que parte del placer está allí. Detenerse y olerlas detenidamente para luego encontrar esos aromas en la copa es una experiencia más que gastronómica y sensorial, espiritual.

Artículo de Jesús Nieves Montero

Foto de https://www.instagram.com/estanciamendoza/

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